El libro demolido
Sergio Ramírez publicaba ayer una tribuna en El País con los últimos despachos de la guerra entre el libro en papel y su epígono digital: parece que las cifras indican un retroceso en la venta de e-readers y la lectura de libros digitales, lo que podría indicar una inesperada bolsa de resistencia de la edición tradicional. Claro que también podría ser que no han dado aún con la tecla tecnológica adecuada, la que hará realidad en una blitzkrieg fulgurante el pronóstico de que en 2015 no habrá libros (ya falta poco). O también podría ser que lo que retrocede es la lectura como tal, más que el e-reader.
Ciertamente, el curso de la llamada «revolución» digital no ha sido nunca fácil de predecir. ¿Recuerdan los grandes ordenadores centrales de las naves espaciales de Alien o de 2001 odisea espacial? ¿Dónde han quedado esos grandes cerebros de silicio (unas veces amigos, otras enemigos, siempre dignos espejos de nosotros mismos) en el mundo de los portátiles, las tabletas, los smartphones? Parece que el cerebro digital no hace más que encoger y, si hemos de hacerle caso a Carr (otro columnista citado por nuestro columnista, con una columna reveladoramente titulada: «Nos está volviendo Google estúpidos?»), también el cerebro analógico que mira en su pantalla.
Para tomar la medida de la desviación respecto a las expectativas, leamos las últimas líneas de un clásico de la ciencia ficción: El hombre demolido de Alfred Bester, escrito en 1953 y por lo tanto antes de que su autor viera ningún ordenador ni soñara siquiera con Internet, lo que no impide en absoluto que supiera bastante sobre el tema. Los protagonistas de su libro son telépatas. He aquí las palabras de un telépata para los humanos no dotados de tan notable funcionalidad sin cables:
«Escuchad, normales! Debéis aprender qué es esto. Debéis aprender cómo es. Debéis echar abajo las barreras. Debéis rasgar los velos. Nosotros vemos la verdad que vosotros no podéis ver... Que no hay nada en el hombre salvo el amor y la fe, el coraje y la amabilidad, la generosidad y el sacrificio. Todo lo demás no es sino la barrera de vuestra ceguera. Un día todos hablaremos mente a mente y corazón a corazón...»
Puede decirse que los «normales» hemos aprendido en estos años lo que había que aprender, rasgado lo que había que rasgar... y visto algo bastante distinto de lo que vendía el telépata. En realidad, era bastante esperable que lo de echar abajo las barreras no iba a funcionar exactamente así. Hay razones incluso metafísicas para ello.(*) Pero si no es razonable esperar que se echen abajo las barreras, sí lo es que cambien de lugar, incluso radicalmente. Tomemos esas tapas duras del libro que nuestro columnista se entretiene en oler y acariciar nostálgicamente. Entre tapa y tapa, tenemos la lectura que hasta ayer parecía razonable. Mirando los lomos de una estantería, vemos que hay cierta regularidad en su longitud. Y ciertamente esa longitud se ha movido con el advenimiento digital. ¿Pero estamos seguros de que se ha acortado como denuncia tan enfáticamente Carr? ¿Dónde están las cubiertas que lo confirman? Tanto se puede decir que la lectura se ha acortado (a 140 caracteres, por ejemplo), como que se ha ampliado al texto completo de la red. No podemos decirlo hasta que encontremos las cubiertas del nuevo libro. Lo que sí podría ser cosa del pasado es la longitud media, esas viejas cien, doscientas páginas que dan la talla del alma del ciudadano de clase media.
Bester tiene una buena sugerencia acerca de qué pueden estar hechas esas nuevas cubiertas. En el mundo «sin barreras» y también sin escondrijos de sus telépatas esas cubiertas están hechas de poder, un poder sin tacto y sin olor y que por lo tanto cuesta bastante más de detectar. Toda la fantasía telepática de Bester (entre esas blandas y crujientes cubiertas de paperback) es en el fondo un apresurado tratado jurídico detallando un extraño y novedoso laberinto de normas, jerarquías, sanciones... Pues la ingenua cita anterior no es de Bester, naturalmente, sino de su personaje, y en un momento de flojera además.(**)
Ramon Vilà Vernis



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