El libro demolido II
En el post anterior venía a sugerir que las barreras que desaparecen físicamente reaparecen poco después en forma de normas. En su intento de inventar un mundo de telépatas, Bester terminaba dedicando un montón de espacio a sentar jurisprudencia novelística acerca de qué mentes se pueden leer, cómo, cuándo y para qué, y naturalmente quién se encarga de controlar y sancionar todo el asunto. Unas normas que hacían las veces de las paredes y las puertas y los huesos parietales que en el universo del relato habían desaparecido, al menos a ciertos efectos. Habrá quien dirá: esto es progreso, y ciertamente lo es, aunque cada vez que se mienta esa palabra un hada muere en algún lugar. Las hadas difuntas son en este caso el confort y la protección que ofrecen las barreras físicas, desde la cueva de nuestros ancestros hasta la puerta de nuestro pisito o las cubiertas del libro que manoseábamos en el post anterior. El confort y la protección de lo particular... para quien le fue bien en particular, claro.
En definitiva, adonde iba es a que la idea de que internet nos acerca a un mundo sin normas o siquiera con menos normas no es más que un espejismo derivado del momento del cambio, de la incómoda convivencia entre dos mundos. Lo esperable es más bien lo contrario. Habrá más uniformidad para quien viva según la norma pero también, paradójicamente, más campo abierto para quien se la salte... Esa clase de cosas. Por atender a la frase célebre, la información será más libre pero solo en algunos sentidos, entre los que sin duda no figurará el de ser gratuita (tampoco el que cobren por ella pequeños editores independientes, por si parece un comentario interesado).
Pero pensándolo bien hay otro elemento en todo esto que no sugería en el post anterior y que vale la pena mencionar también. Cuando el protagonista del libro de Bester (atención spoiler: salte hasta el siguiente párrafo si desea leer la novela) comete algún crimen telepático de más, todos los telépatas unen sus fuerzas en una “catexis masiva” y le meten la mente en una pecera especialmente decorada para que no cree más problemas. Y luego lo demuelen, como reza el título, un procedimiento que tiene su miga y para el que remito a la novela. En fin, toda una advertencia sobre las nuevas formas de poder en el mundo libre y sin barreras de internet. Pero si vamos al principio de la trama, vemos que nada de eso es una novedad en la vida del protagonista. Él mismo se ha censurado y redecorado ya la mente desde que tiene uso de razón (o de telepatía, mejor dicho), mucho antes de que ningún tribunal metomentodo revolviera en ella. ¡Qué otra cosa puede hacer un pobre telépata hijo de un incesto de telenovela, como resulta ser el caso! A diferencia del personaje estándar de la hora de la siesta, que vive una vida feliz y un noviazgo afortunado hasta que la vecina le va con el cuento, el telépata lo sabe todo desde siempre, lo quiera o no... luego sólo le queda mentirse él mismo, hacerse su propia pecera.
(Fin del spoiler) Se pone de manifiesto así, con cualquier avance serio en las condiciones del saber, un elemento (llamémoslo) gastronómico en el asunto: qué quiero, qué no quiero saber. Por esta vía el saber debería convertirse al fin en un arte, como explicaba Foucault. O como descubre Daniel L. Smail en On Deep History and the Brain, donde además de explicar esto mismo en términos tan oportunos para nosotros como decir que la teletropía lleva a la autotropía,(*) se ofrece un magnífico ejemplo de ello a través de la aversión que genera justamente ese libro en la mayoría de lectores. Smail se queja amargamente (aunque sin razón, pues él mismo explica la razón de su desgracia como autor) de que por más que la ciencia haya alterado fundamentalmente los parámetros temporales y espaciales de nuestra historia, y sobre todo su argumento, sigamos enseñando y concibiendo la historia dentro de la pecera dibujada por la Biblia, dentro de las mismas cubiertas de ese libro, por decirlo así: empezamos hace unos cuatro mil años, en un paraíso llamado Mesopotamia, con una trama dominada por las buenas o malas decisiones de las personas y que avanza en un sentido progresivo hacia el que se adivina un gran final...
Ramon Vilà Vernis



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