La fiesta de los escarabajos
Una de las imágenes más inquietantes del libro de Charles Ferguson es su descripción del universo segregado de banqueros, políticos et al como un «ecosistema de la copa», o sea, el de los animales que viven en las copas de los árboles y poco les interesa lo que ocurra por debajo. Naturalmente, la comparación de Ferguson parte de la premisa de que en la copa se está mejor que en el suelo, lo que desde el punto de vista biológico no tiene demasiado sentido –como tampoco su otra premisa: que los seres que habitan en las copas se han puesto de acuerdo para ocupar ese lugar en detrimento de los demás. Por supuesto, no hace ninguna falta que las comparaciones sean exactas (por eso son comparaciones); pero en este mismo espíritu me gustaría dar otra sugerencia para el ecosistema en cuestión. Mi sugerencia no lo sitúa precisamente en las copas sino más bien a ras de suelo.
El sabio Aristóteles aseguraba no saber exactamente qué medían los precios de las cosas, una observación que (pace Marx) me parece totalmente justa todavía. Pero lo que está claro es que sea lo que sea eso que miden los precios, no lo miden según su valor de hoy... sino el de mañana. Es decir, todo lo que pueda preverse está ya contenido y materializado en el precio de hoy. Es como vivir en el futuro, como Michael J. Fox. O mejor dicho, no: es como vivir sin futuro. El mercado nos roba el futuro en un sentido mucho más radical que el que se denuncia habitualmente (eso es lo que significa la sentencia repetida en los periódicos: los mercados son un mecanismo de descuento). El mercado nos obliga a decidir hoy por todo el futuro de una forma totalmente precisa y sin resto: un número. Y al hacerlo nos obliga a vivir en un mundo inhumano. Lo digo en un sentido bien literal: al renunciar a su anticipación del futuro, el ser humano se encuentra actuando en un mundo más parecido al de otros seres vivos no dotados de esa capacidad.(*)
¿Cuál sería ese mundo? Leí en algún lugar que los insectos son el mejor exponente de una estrategia evolutiva totalmente en las antípodas de la que encarnan (en principio) los seres humanos. Los insectos confían en el número, en la variación en bruto para adaptarse a lo que pueda venir; el ser humano, como digo, trata de anticiparse, de adaptarse deliberadamente a las cosas. Dicen los expertos que tiene muchos más números la estrategia de los insectos. Tal vez por eso la humanidad –o al menos Wall Street y otras calles adyacentes– haya optado a última hora por replicar su estrategia...
Ramon Vilà Vernis
(*) Los teóricos de la economía llaman «random walk» al movimiento de los mercados –cabe deducir que también el de quienes se mueven en ellos. «Random walk»: el andar de los escarabajos, no el movimiento astuto y anticipador del hombre y en diversa medida del ratón, del zorro, en fin, de cualquiera de los seres con los que nos gusta compararnos. Pero es que realmente hay muy poca estrategia en la actividad de las empresas (ésta incluida, por cierto): o dan con el queso a la primera o están muertas, digan lo que digan algunos libros. La misma impresión da la lectura del libro de Ferguson, por cierto, mucho más que el de una conspiración bien trabada como la que viene a denunciar. Pero no lo digo para echarle sifón a su tono de denuncia; yo por lo menos vería con más calma la emergencia de un ecosistema de la copa que la progresiva conversión de nuestro mundo en un mundo de insectos.
«Tenemos un “plan estratégico”. Lo llamamos hacer cosas.» Herb Kelleher, fundador de Southwest Airlines
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