Zazie (ahora sí) en el metro
Queneau tardó 10/15 años en escribir Zazie en el metro, lo que descarta sin duda una escritura automática al estilo surrealista (ver otro libro publicado en esta editorial para adivinar qué apartó a Queneau del surrealismo), a pesar de lo cual Zazie pertenece de forma bien reconocible al universo de las vanguardias, posvanguardias, nuevas vanguardias: en fin, a lo que Barthes llama la pelea de la literatura contra la literatura, algo que ésta llevaría adentro desde siempre pero que debe reconocerse como un rasgo bastante más acusado en la literatura del último siglo. Y la pelea alcanza en este libro, según Barthes,* acentos de un combate “cuerpo a cuerpo”. El intercambio de golpes es intenso: contradicción (ya desde el título: Zazie de hecho no toma el metro), incertidumbre (¿es el Panteón o la Estación de Lyon), ambigüedad no resuelta (¿quién es el “fulano”?, ¿qué es finalmente Gabriel… o Marceline?), policías detenidos por policías, niños que aleccionan a adultos, lapsus que resultan ser ciertos… Sin embargo el resultado de este combate –totalmente buscado, trabajado laboriosamente durante todos esos años de redacción-- no gustaría demasiado a los aficionados pugilísticos, pues según Barthes no es más que la incertidumbre misma, la ambigüedad. Obviamente, una genialidad de Queneau, su impugnación –desde dentro— de la “tradición novelesca desde Zola”.
Pero he aquí que en esta última edición la familia de Queneau permite la inclusión de una serie de fragmentos del primer borrador en los que resulta que Zazie entra en el metro (más aún, se da varios paseos, amanece en las afueras de París, se hace un lío con el validador de billetes…). Adiós a la primera contradicción/ambigüedad del libro… ¿Debemos felicitarnos por ello? ¿Acaso se trata de romperle el juguete a Queneau, de imponer esa certidumbre que tanto había trabajado para despistar? Barthes ya había advertido esa tentación apaciguadora detrás tanto de las lecturas “simbólicas” como las meramente “lúdicas” del texto (y si existen ganadores y perdedores en la historia de la crítica literaria, ganó Barthes por panadera). Pero si la nueva edición del libro puede entenderse como una traición, debe reconocerse que no es una traición consciente: al contrario, la cesión se realiza con sumo cuidado, sólo para la primera tirada de ejemplares (¡atención potenciales compradores!) y como celebración del cincuenta aniversario de la publicación de la novela. Una intención de lo más sana e inocente… Luego algo ha cambiado en la manera como se lee la literatura, en la manera como se lee este libro también, para que eso que hubiera puesto los pelos de punta a Barthes (y a toda una época de la crítica literaria) pase como un gesto simpático, o incluso una celebración.
¿Qué es lo que ha cambiado? Pues que en lugar de buscar verdad / radicalidad /epifanía en la novela (ese “instrumento de conocimiento” que decía Wolfe) ahora se busca intimidad. Calidez. Humanidad. Un pequeño mundo de cosas próximas, concretas y personales. (Tampoco es que empecemos a buscar esas cosas cuando abrimos un libro: el cambio de actitud es obviamente más general, tiene que ver con lo que buscamos “en la vida”.) Y como ocurre a menudo, no ha hecho falta cambiar demasiadas cosas para que cambiara todo: ni siquiera ha hecho falta volver a los grandes relatos y restituir el sentido de la historia que tan laboriosamente deconstruyó Queneau. La incertidumbre, el sinsentido, la ambigüedad son rasgos habituales de los relatos de hoy, sólo que esos rasgos han perdido toda su punta, su inclusión no nos inquieta lo más mínimo, ya no son “instrumentos de conocimiento”: no son más que un magnífico expediente para desactivar el gran relato y lograr que gane fuerza la “intrahistoria” de cada historia, los pequeños detalles que son todo lo que realmente interesa.
Lo curioso del caso –lo que explica de hecho que sigamos publicando la novela– es que Zazie en el metro se deja leer magníficamente con estas nuevas lentes. Hasta le sientan bien esos bonus tracks, a pesar de que sean un pecado, que no pinten nada en el calculadísimo libro-artefacto. Y Barthes da también la clave de que sea así –nada le pasa por alto—pero de forma anecdótica, como una gratuidad de Queneau, en el fondo casi lamentándolo: comenta que Queneau es (tal vez demasiado) “bueno” con el lector (léase próximo, íntimo, humano, apaciguador). Ciertamente ese es un rasgo que no podía tener demasiado valor para Barthes, que no tenía nada de apaciguador por su parte, y no tengo claro que nadie deba dárselo; pero sí pienso que tiene mucha culpa en este éxito de “horizonte de lectura” de Queneau, en su capacidad para volver cuando ya parecía ido, como les ha ocurrido a tantos otros púgiles de la literatura contra la literatura, que no eran nada buenos en general con el lector (y tal vez no debieran serlo).
¿Muerte de la novela? Tal vez. Pero en ese caso la novela de Queneau se las apañó para matar a la novela, firmar el acta de defunción… y seguir viva después.
Ramon Vilà Vernis
* Roland Barthes, “Zazie y la literatura” (1964).



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